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2 de agosto de 2017

Este jueves, relato: Carta a mí mismo


Querido Yo:
La distancia del precipicio por el que paseo es corta, mínima, arriesgada y misteriosa. Acaricio el aire al tiempo que imagino que avanzo.
Bajo, el mar, azul.
Recién ha amanecido y huyo como cada día de la parte llana, la segura, la cómoda, la gratuita. Terreno plano que engaña —no es como lo ves, no es lo que aparenta—.
Ahora, con la luz del día echo la vista atrás y veo lo plano en toda su aparente seguridad —solo aparente—, inestable firmeza —no tan firme como parece— y engañoso esplendor —sombra mezquina de un pasado desconcertado y furioso—.
«La Polar es lo que importa», eso proclamaba en tiempos de mentiras, lo único que importa es la música, la única verdad está delante, en ese tramo angosto y arriesgado y es allí donde suenan las notas de la mañana. Sonidos de sirena que dicen y atraen. Atraen y dicen.
Solo unos pasos más y tocaré los pliegues del mar con la punta de mis ojos. La senda se estrecha y el premio es mayor.
A estas horas, el cielo, abierto. El mar, abierto.
Cielo y mar.
Arriba y abajo.
Delante y detrás.
Paralizado, con el miedo contenido te/me golpeo, Alfredo, al tiempo que gritas... y grito.
Para cuando termine el camino, la salvación será total. Y tú/yo, Alfredo, serás mi compañero de baile.

27 de julio de 2017

Este jueves, relato: Olvidar


Con el mando en la mano jugué a buscar el canal de los colores. Sin pretenderlo acerté con mi momento preferido. Me abandoné en el fondo de mi butaca y con los ojos vidriosos pude leer entre triángulos verdes: «¡Es primavera en el Corte Inglés!». Juré, por la Virgen del Olvido que estaba viendo esos anuncios por enésima vez. Intenté escribir sobre ellos pero no recordaba nada. 
En ese momento, frente a esa hoja en blanco, solo había una cosa más en blanco todavía: mi mente. Y en esa transición me preguntaba: ¿Por qué tengo esta página abierta? lo último que veo sobre este fondo vacío es un baile, pero dónde, con quién, además… ¿qué día es hoy... jueves? 
La imagen en blanco y negro de un cantante de color apareció durante unos segundos, los justos para tararear «Mujer, si puedes tú con Dios hablar...» y desapareció sin continuar. 
Apagué la pantalla pero la imaginación seguía ausente. Los botones del mando, insolentes, me miraban mal. No lo iba a consentir y, sin pensarlo dos veces, les grité:
—¡Dejadme en paz! Necesito salir al corral y dar de comer a los animales, están sin el grano desde ayer.
—Matías, estamos en la capital, aquí no tenemos animales —replicó paciente, desde el otro extremo del salón, Mª Luisa, mi mujer.
—¿Capital? ¡Qué capital, ni qué niño muerto! ¡Dejadme salir!
—Mira, asómate y verás dónde estamos —insistió de nuevo señalándome con la palma de la mano la ventana.
—¡Me cago en diez! Y ese... —señalé hacia la ca­lle—, ese, ¿no es el pastor? ¡Felipe! —le grité.
—No papá, Felipe ya murió; además no estamos en el pueblo.
—Que sí... ¡Es Felipe!
—Papá, no grites, que te van a oír los vecinos —me recriminaron desde el fondo de la sala.
—Y tú, ¿quién eres?
—Soy Rosario, tu hija, papá.
Miré por la ventana y recordé por un instante las primaveras olvidadas.

(Fragmento de mi próxima novela «A veinte palmos del suelo»)

13 de julio de 2017

Este jueves,relato: Estado de consciencia


«Tranquilo, tengo en mis manos tus sueños de esta noche y te aseguro que son inspiradores y reconfortantes. ¡Por fin algo me distancia de la muerte!.
Te cuento...»


...Había nacido para no ser nadie, ni nada. Las diferentes etiquetas con las que el tiempo iba a ilustrar mi cuerpo dejaban bien clara mi identidad: Androide, robot, asesino, autómata, muñeco, extraterrestre, cósmico, ángel, demonio... Todas ellas se superponían unas a otras como las capas de una cebolla y todas, y cada una, me mentían como imágenes deformadas en un espejo convexo.
Con el tiempo —tiempo, que no medía ni sentía—, y como proyecto 4.0  por rastrojo, fui portador de los más variados menesteres. Olía a aceite, a circuito, a memoria, a quemado, a ausencia, a oscuro, olí a rancio el día que, sin saber lo que era, perdí la fe, también la esperanza. Compartí anaquel con otros de igual ruido, color, tamaño y abandono.
En horizontal, descansando sobre la mesa de acero inoxidable, esperaba que la mano experta del ciber-mecánico Andrew llenase mi cabeza de órdenes y mi vientre de mercurio o arena, lo mismo daba —solo era para equilibrar peso y altura—.
Pero ayer, ayer fue diferente. Vi a Andrew colgado de una soga que pendía del techo llenando mi cara de gotas de cera roja. Esa cera me puso en marcha y el botón «Off» parpadeó hasta quedarse permanentemente iluminado. Verde.
Los sueños de Andrew resbalaron por su cuerpo cromado hasta ocupar el mío en sombras. Rojo.
Sueños brillantes y lúcidos y reparadores y trascendentes y compatibles. Sueños que por vitales y cumplidos le llevaron a desaparecer. Por primera vez desde mi alumbramiento me sentí vivo.
La catatonia fue del donante.
La reparación mía.

Este jueves, relato: «Estado de Conciencia». Participantes


























       









6 de julio de 2017

Este jueves, relato: Juegos de niños


Jugando en el patio.

«El Patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja como los demás…»

En eso estaban Elena, Eva y Ana, con sus trenzas al aire, sus manos unidas, sus vestidos volando y sus diminutos cuerpos girando en círculo, cuando Alex irrumpió en el patio dando pelotazos a diestro y siniestro. 
Los pollos y las gallinas volaron huyendo en busca de un lugar seguro.
Los conejos, atónitos, desconfiados y molestos se refugiaron en la conejera.
La gata Nieve se escondió detrás de un pozal.
Tan sólo Chocolat quedó quieta, frente a frente con el perturbador (aprendiz de Messi) que perseguía atolondrado la pelota de cuero. Desafiante y segura, no iba a consentir ninguna revolución en su patio.
Alex tomó posesión del espacio, midió con la mirada e imaginó la portería entre la maceta de geranios y el botijo que, al fresco, colgaba de un alambre. Dio un paso atrás y chutó con todas sus fuerzas, la pelota se coló por el lateral del botijo, rozando el pitorro que acabó rompiéndose.
Chocolat, la cabra blanca con nubes marrones y cuernos incipientes, se percató de lo grave de la situación y de su responsabilidad de mantener el orden en aquel patio florido. Sin pensárselo dos veces, saltó sobre sus patas traseras e impactó con sus cuernos de leche en el trasero de Alex, al que derribó tumbándolo de plano sobre el colorido y espinoso rosal.
Con enormes saltos de alegría, Elena, Eva y Ana gritaron: ¡GOOOOOOOOOOL!
Pareció que Chocolat esbozaba una sonrisa o esa era su cara.



2 de junio de 2017

Este jueves, relato: Terrorismo animal.


El atentado.

Ansiaba acabar cuanto antes con aquella desagradable pero necesaria misión. 
Como en ocasiones anteriores, su sinrazón apareció abriéndose paso con deseos de venganza.
Miró a su alrededor para asegurarse de que controlaba el momento, las distancias, los efectos.
No podía permitirse el más mínimo error. La oscuridad era su aliada y con la luz que salió de su linterna iluminó el lugar que se vislumbraba como posible campo de acción.
Su objetivo era claro: golpear de lleno y con sorpresa al enemigo, acabar con él y reconciliarse consigo mismo.
Dobló el periódico con precisión geométrica y… 
¡Zasssss! el mosquito quedó pegado a los titulares del día.

24 de mayo de 2017

Este jueves, relato: Los colores de mi silencio.


Esta noche, entre sueños de verdad y pesadillas de mentiras, he visto los colores de mi vida.

Alegres, vibrantes, luminosos con los que empecé a construir mi aventura. Grises, tristes, oscuros con los que la termino. Junto a ellos, con una fluidez aparente como algunos de esos colores, he inventado personajes amarillos, tiempos grises, lugares verdes, motivos negros y excusas malvas.

Con un racionalismo académico, para variar, he ubicado fechas azules, amores blancos y desamores blancos también. Con una nitidez hipnótica he acariciado pieles cremas, pechos sonrosados, espaldas marrones y labios rojos.

Cómplice con el silencio de todos ellos oigo su sonido callado que, dormido, recorre todo mi interior. Un libro multicolor con forro de celofán transparente, hojas satinadas en violeta y las cubiertas encuadernadas en charol magenta.

Son las siete y el despertador no para de sonar. Me incorporo lentamente, abro los ojos y me recreo en mi recuerdo nocturno. 

Lo he soñado... Eran colores que me dibujaban, moldeaban, censuraban, dolían, alegraban y entristecían... todo ello sin hacer ruido. 

¡Por fin lo he soñado! Pero lo cierto es que ahora, despierto, no los oigo. 

Más silencios de color en un lugar de encuentro


20 de abril de 2017

Este jueves, relato: Una fecha...


¡Felicidades hijo!
Todos los 20 de abril de los últimos cinco años, Abel, lo dejaba todo y a todos. Sumido en la tristeza emprendía un viaje a ninguna parte. Él solo, con sus recuerdos.
Un viaje corto.
20 kilómetros en dirección norte.
20 kilómetros en dirección al infierno.
20 kilómetros en dirección a una realidad a la que no se acostumbraba y de la que dudaba si se acostumbraría alguna vez.
Al llegar a esa curva, a 20 kilómetros de su casa, miraba al cielo buscando entre nimbus amenazantes un rayo de sol que llevase su apellido. Sus ojos, húmedos, no distinguían entre tanto algodón espeso y oscuro. Las primeras gotas le trajeron los últimos recuerdos. Todo era precipitado, la vida y la muerte en un abrir y cerrar de ojos. Complejas leyes antinaturales, decidían a cambiar el destino de unos pocos elegidos.
La lluvia, de nuevo causa, efecto y testigo impertérrito, cinco años después vomitaba desgracia con el peralte cambiado.
Hoy, como el año pasado y los cuatro anteriores, volvía consciente e inconsciente en busca del milagro.
Hoy, como el año pasado y los cuatro anteriores, su hijo cumplía los mismos años que dejó en el asfalto, para siempre, de camino a su cumpleaños.
Hoy, como el año pasado y los cuatro anteriores, los nimbus cierran el cielo por completo, sin dejar pasar un rayo del sol que lleve su apellido.
Hoy, como el año pasado y los cuatro anteriores, parará el coche, pisará con rabia el asfalto y mirando al cielo gritará en voz baja: 
¡Felicidades hijo!

12 de abril de 2017

Este jueves, relato: Bestseller


Es posible que no sea mala idea escribir un mal texto.
Cuando en el terreno de lo formal o literariamente correcto se producen tantas reacciones contradictorias e imprevisibles, los efectos secundarios de todo signo no dejan de ser daños colaterales de fácil asumción.
Romper con lo académicamente correcto, sabiendo lo que es académicamente correcto no es una mala praxis.
Abanderar lo irrespetuoso, descarado o alternativo.
Pensar al revés, andar de espaldas, bajar hacia arriba, todo puede resultar si se hace con el corazón despierto.
Algunos gusanos, de seda precisamente, acaban siendo mariposas espectacularmente bellas.
Escribamos pues un mal texto, que él solo mutará en un inesperado Bestseller —Si es eso lo que interesa, que creo que no—.
Eso sí, sea como sea, que hable de nosotros. Porque nosotros somos la vida. La nuestra que está contada en cada una de las páginas de nuestra historia. Una guía de andar por casa, pero que nos pertenece y en la que sí somos todos los que estamos.
Nuestra imaginación vuela rápidamente unas veces y lentamente otras, pero siempre deja una estela, una cola de cometa que se queda a vivir para siempre entre nuestras páginas ilustrando lo primero de lo primero. Todo un firmamento de sentimientos, emociones, penas y glorias que en unas pocas páginas intentamos condensar.
Hoy, donde la inmediatez es moneda de cambio, donde todo es, ¡Deprisa, deprisa, deprisa! Sin saber si el tiempo lo consumimos o somos consumidos por él. Hoy, pasamos por la complejidad diaria de alimentar el alma —que es todo aquello que poseemos a partir de nuestro cuerpo—.
Así pues, escribamos nuestro «bestseller», que él solo encontrará sitio en las estanterías de nuestra vida.


22 de marzo de 2017

Este jueves, relato: Círculo vicioso.


Mi círculo no es solo un círculo.
Es un círculo con dos líneas rectas que se mueven aunque yo no las vea moverse.
Dos líneas diferentes, no solo de longitud, que también.
Una, la más larga, corre más. La otra, la menos larga, menos. La larga es más fina y estilizada y, si no fuera porque no la veo moverse, diría que es más ligera. La corta, gordita y mofletuda, afirmaría que, si no fuera porque no la veo moverse, es más lenta.
Solo se mueven cuando no las miro, si lo hago quedan quietas, paralizadas, avergonzándose de que su movimiento las delate y el que las mira, que soy yo, descubra su dirección.
¿Hacia la derecha?
¿Hacia la izquierda?
¿Para arriba? ¿Para abajo?
Mi círculo no es que sea mudo, que lo parece.
Habla todo el rato con un secuencial, obstinado, incesante y continuo:
«Tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac, tic-tac…
Ahora son las 11:00.
Ahora, y no sé como se ha movido, las 11:10



15 de marzo de 2017

Este jueves, relato: Testamento


¿Se puede morir dos veces? ¡Sí, se puede!
Yo lo he hecho, en consecuencia he podido dejar dos testamentos. La duda fue si dejaba uno diferente o el mismo que en mi primera muerte. Evidentemente tenía que ser el mismo, muerto no había tenido ocasión de aumentar mi patrimonio.
Así que, aquí estoy, para mi sorpresa, resucitado y de nuevo fallecido. Al menos he tenido tiempo para dejar una vez más el mismo...

«Testamento en diez legados»:

Decía que me llamaba Jacobo, pero poco importa, cualquiera en mis circunstancias podría haber mentido. Mi pobreza, si que era real. Mal vestía con harapos sucios que en su día fueron un traje a medida. Mi edad indefinida, era la de un viejo que peinaba canas en una casposa y enredada melena blanca. Jamás fui prudente y ahora el frió y la calle, amenazaban con negarme la vida una madrugada cualquiera. Absorto, escribía con lápiz corto en las partes no impresas de un diario de izquierdas:
—Por si acaso y para que no hayan dudas, ni disputas, dejo mis pertenencias a:
—El carro de la compra que cogí prestado del “super” y que desde hace tiempo es a la vez mi armario y despensa se lo dejo a D. Juan Roig, dueño de Mercadona… al rey, lo que es del rey.
—Estos 2’25 euros que guardo, son para el director del banco de aquí al lado. Que me abra una libreta, un plan o lo que sea, todo menos jugar en bolsa, me preocuparía perderlos.
—A María, que me baja leche caliente y galletas con su nombre y que es mayor que yo, pero se conserva mejor (bendita familia), le dejo la cantinela que tanto le gusta escucharme cada mañana. Ahora le puedo confesar que es “Te quiero, te quiero” de Nino Bravo en una versión ininteligible.
—Al Generalísimo, esté donde esté (espero, que en los infiernos) le dejo estos trozos de metralla, que me han tenido con el cuerpo roto desde los 16 años, hasta los que soñé con ser un gran deportista.
—A Micaela, la niña del portal 22, que nunca me ha tenido miedo, le dejo el mío, para que lo conozca y no lo repita… al final te das cuenta, de que no merece la pena.
—A Julio, el ciego de la esquina, le dejo este libro sin tapas, sólo para que lo abrace entre sus manos, son poemas de Martí i Pol. ¡Sí, ya sé que está ciego, pero qué más da, tampoco sabe catalán!
—A Alfredo, ese señor serio que siempre me mira a los ojos, que no sé de dónde viene ni a dónde va, pero que comparte conmigo ese instante de segundos cómplices, le dejo esta última mirada.
No pude llegar a los diez legados, el frío de esa madrugada se me llevó para siempre.




1 de marzo de 2017

Este jueves, relato: La ventana indiscreta


En el apartamento, la noche estrenada quedaba borrosa entre cortinas estampadas. A oscuras, jugué a levantarme y mirar a través de mi cámara. Me acerqué a la ventana y calculé el tiempo que faltaba para que, de nuevo, «aquello» se repitiese como cada noche. Solo unos segundos y ella me acompañaría en una ficción con el recelo del que sabe que el tiempo es limitado y que en el principio comienza la cuenta atrás. Imaginé en ese momento una escena de cine y encendí un cigarrillo. La primera calada se fundió en los cristales. El humo, sin avisar, dibujó mis ansias en la superficie transparente entre el visillo de tergal y la tupida cortina de cretona.

Me vi perdido ante el cristal, mirando hacia no sé dónde. Era una dispersión que ya conocía de antes, sabía exactamente de qué se trataba. Extendí el brazo y acaricié la tela que, ondulada, me protegía del exterior. Note la suavidad de su fondo y el cuerpo de sus relieves, flores, lazadas, volutas sin fin que recorrían el tejido de un lado a otro. Curvas lascivas. Rosetones que se alojaban en la palma de la mano. Tallos. Hojas. Pespuntes que anticipaban un hilván terminado.

Separada la cretona, sentí en mi mano la suavidad del visillo que me recibió con una ligera sacudida de electricidad estática. Blanco, sedoso, uniforme, frío, traslúcido, dejaba adivinar aquella colmena de vida que era la fachada de enfrente: El viudo con delantal en la cocina. Los niños recogiendo los cuadernos una vez hechos los deberes. La joven recién enamorada besando, una y otra vez, la pantalla de su iPhone. El matrimonio que, aburrido, compartía un infumable programa de televisión. El otro matrimonio que, divertido, compartía el mismo infumable programa de televisión. El joven estudiante que se enfrentaba a la segunda taza de café de la noche.
En todas las ventanas se escenificaba la vida, menos en la que yo esperaba, deseaba, moría, penaba y que, inexplicablemente, esa noche permanecía en sospechosa oscuridad.

Más ventanas indiscretas aquí.


23 de febrero de 2017

Este jueves, relato. La escalera


«Ojos que no ven, corazón que no siente».
Ella sentía.
Y olía.
Cada mañana su despertar era un prólogo estimulante, una fiesta para sus sentidos. Juntaba ilusiones. Abría los ojos y, entre sombras, disfrutaba como lo hace una niña acariciando, sin ver, su primera muñeca.              
No veía. Había aprendido a mirar y en esa permanente oscuridad, el resto de sus sentidos imaginaban en color.
Y olía.
Un giro suave, un golpe a traición, un bulto que desperezaba. Todo era una amable visión sintiendo como la naturaleza de su cuerpo simulaba dibujando una forma armónica.
¿Cuántos colores existirían que ella no había visto? ¿Y cuántos, cientos, que nunca verá? No era lo que sus ojos no veían lo que más le ocupaba, no tenía que indagar, divagar o imaginar. Su luz era de color azabache y su corazón la recibía como un tesoro por explorar en el fondo de su invidencia.      
Y olía.
Desde su casa, el camino al mercado, estaba a un paso que cada viernes hacía acompañada de Saúl. Subía y contaba con pausado orden los escalones de acceso a la puerta principal.                                
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
Cinco.
Seis.
Siete.
Ocho.
Nueve.
Diez.        
De pronto los olores y los colores imaginados. 
A la derecha las aves, a la izquierda las carnes, al frente los encurtidos y las especies, detrás el ruido de los coches y el murmullo de los grupos al mando de un paraguas de colores que ella no veía, pero que Saúl le había detallado: «Es la señal que todos los visitantes de un mismo grupo ven y siguen desde lejos, a cualquier distancia, en el caso de que se hayan retrasado». Qué curioso, pensó ella, no les basta con ver, además les han de señalar el camino.
Alicia, ciega de nacimiento subía cada día, de memoria, los diez escalones de acceso al Mercado Central.

(Fragmento de mi borrador «divinas criaturas»)

8 de febrero de 2017

Este jueves, relato: El protagonista oculto... Una guerrera.


Encarni es actriz. Hoy tiene rodaje. 
Un rol dramático, como su vida. 
Sale de casa apresurada, nerviosa. Ha conseguido maquillar los hematomas de su cara y, de nuevo, darle brillo a sus expresivos ojos.
De camino al estudio se esfuerza por recuperar la normalidad. Ella es tierna, amable y apasionada con todo aquello en lo que cree; pero en casa... eso es otra historia, al menos hasta hoy. No sabe si, por fin, será capaz de cumplir lo que se ha prometido.

Toma consciencia nada más gritar el director:       
«¡Silencio, se rueda!».
La primera frase de su partenaire, rebota en la madera del falso decorado simulando un golpe que la arroja al suelo:   
«¿Que me calle? Todas sois iguales. ¡Unas putas!».
El limitado aforo, completo, contiene la respiración. 
Encarni traga saliva e inicia el diálogo con la que es su réplica:
«Si me vuelves a tocar me voy para siempre».
Él le grita de nuevo, salpicándole el alma con una desbocada ira:
«No te atreverás, si pones un pie en la calle, te mato».
Él es un perdedor, luce los harapos de la violencia y desde el centro de la escena, borracho, la ve salir con su maleta. Iracundo la detiene mientras ella abre una puerta de cartón y, una vez más, loco por la insumisión la fuerza hasta violarla sobre una rancia alfombra. Encarni, humillada y malherida reacciona desde la inferioridad lanzando al aire golpes ciegos y desordenados que él sortea con acierto. Ella sabe, por exigencias del guión, que esa rebelión física es su sentencia de muerte. Un certero golpe de él, la lanza contra el taquillón de chapa que acaba con su vida. Los focos, en un lento travelling, se deslizan captando la pintura roja en el rostro de Encarni, terminando en un desenfocado horizonte pintado sobre una tela. El director, satisfecho con esa toma exclama:
«¡Corten! Vale. Hemos finalizado».
Encarni se levanta y decide salir por esa puerta que nunca llegó a cruzar.  Coge su maleta y dirigiéndose a la salida mete la mano en el bolsillo del abrigo palpando el contorno de un pasaje de avión. Mira a ambos lados sin miedo. 
Libre.
Solidaria.
Guerrera.
Ha elegido ser ella misma. A partir de ahora las cosas van a cambiar y, con la cabeza alta, hace «mutis por el foro».


25 de enero de 2017

Este jueves, relato: Soledades


Soledad transgredida.

Busco la soledad entre la gente. 
La soledad elegida.
La que reconforta y estimula.
La que encontraba hace años al salir a la calle. En el autobús. En las terrazas. 
En los pasos de peatones, incluso en el bar.
Soledad, hoy hipotecada, perdida, vendida al diablo.

Los espacios grandes o pequeños, abiertos o cerrados se han convertido en un inmenso, incómodo, incontable, irrespetuoso y universal locutorio telefónico.
Gestos. Exclamaciones. Risas gratuitas. Gritos que intimidan y susurros que también.

Al instante, uno se convierte, sin querer, en testigo de confesiones, planes, divagaciones, reproches. Espectador —más bien auditor— de secretos, enfermedades, verdades a medias y mentiras enteras. La vida de otros en definitiva, que al mismo tiempo es la nuestra. Poco a poco, día tras día, año tras año, agresión tras agresión.
La búsqueda de la soledad se ha convertido en una insufrible pesadilla.

¿Dónde estás, querida soledad?


Más soledades en el blog de Pepe

11 de enero de 2017

Este jueves, relato: Juegos de infancia



Juegos en el barro.
Mi calle era estrecha y larga. Tenía nombre de heroína y ambas, calle y heroína, fueron testigos de mis primeros juegos.
Me veo en ella de niño. Descubriendo olores, compartiendo tiempos, haciendo amigos e inventando enemigos.
Frente a mi puerta las casas se interrumpían y el sol colaba sus rayos iluminando las fachadas que iban del 60 al 68. Ese gran solar todavía no robado al campo era cuartel general de lagartijas, perros, gatos y alguna que otra gallina.
Tengo tres fotos de aquella calle. 
En una de ellas, agachado, lanzo una canica de arcilla marrón al aire:
Chiva.
Pie-bueno.
Tute.
Matute... 
¡Gua!.
Calle de panas y boinas, delantales y alpargatas. Y barro, mucho barro, que despiadadamente nos dejaba la lluvia para enfado de mi madre.
Al fondo un solar donde se interrumpían las casas y mi abuela, con la colada repartida sobre el confiado arbusto, recibía gratis el sol a través de linos, lanas y algodones. Yo, con ropa de ensuciar, miraba —que no veía—, mientras me comía una yesca de pan con aceite y sal.
En otra foto al grito de: «¡Churro va»! me lanzo sobre las espaldas de Agustín y Federico que, inclinados, soportan mi embestida:
Churro.
Media-manga.
Mangotero...
¿Cómo se quedó?
Una calle llena de corazones curiosos, de azulejos de Manises y miles de sueños que nacían y morían cada año.
En la tercera foto, sorteando el barro, lanzo con la pala, al aire, el pic lo más lejos que puedo.

29 de diciembre de 2016

Este jueves, relato: Sentimientos encontrados en la Navidad



Había decidido dedicar la primera hora de la mañana a comprar algunos de los regalos de Reyes. Eran mínimos. Solo unos pocos faltaban para completar mi lista de compromisos. Intuyo un principio de mañana tranquila, la hora es buena y el día todavía no ha hecho más que empezar. Alcanzo las puertas del gran almacén, recién abierto y al fondo veo la sección de música cuando empieza a sonar mi iPhone:
—Escucha con atención, me da lo mismo que sea víspera de Reyes, necesito el proyecto, quiero algo para primera hora de esta tarde, ya sabes mi correo.
Alterado y confundido llego hasta el mostrador de clásica, busco y pregunto por «La Traviata» de Salzburgo.
—Lo siento pero acabo de vender la última —me responde la dependienta.
Ya en la calle, en busca de la dichosa ópera y al doblar una de las esquinas, me tropiezo con un indigente:
—¡Dame algo para un café!
Rastreo el fondo de mi bolsillo y al tacto reconozco una moneda de 2 euros, no quiero sacar la totalidad de ellas y delante de él elegir la de menos valor, total, qué hago yo con 2 euros. 
Suena de nuevo el móvil, es el director del banco:
—Necesito urgente que me ingreses, ¡tienes la cuenta «en rojo»!
Me detengo y apoyado en la pared intento relajarme.
De nuevo suena el tema del iPhone (los primeros acordes de «el loco de la colina»). Tengo que cambiarlo, estoy empezando a odiar a los Beatles.
—Jefe han llamado de la imprenta, las fotos que les enviamos no sirven, que les mandemos otras con mejor resolución antes del mediodía.
Todavía no he comprado nada. Paciencia, es cuestión de tiempo, me acerco a la librería, cerca de la puerta me aborda una gitana, me coge la mano e insiste en predecir mi futuro:
—Señorito, si me da unas moneas le leo el mañana.
—Lo siento, no es el momento y mi futuro depende más de hoy que de lo que digan mis manos.
No me lo puedo creer son las once y la cola ya llega a la calle. Cuando entro mi libro ya no está. 
Saliendo de la librería, los acordes de The Fool on de Hill, me trasladan al mundo real:
—Jefe esta mañana necesito salir una hora antes, ya sabe... los regalos del niño y todo eso. Nos vemos el lunes.
Se suman las llamadas: el carpintero que quiere cobrar, mi mujer que no me olvide de la tintorería, don Jesús que la transferencia que tenía que hacer hoy, la hará la semana que viene, total por unos días.
Abatido, desesperado, exhausto llego al portal de mi estudio y...
—Señor, estoy en el paro, vendo 6 pares de calcetines por 12 euros, ¿le interesan?
—¡No! no me interesan —pensándolo mejor, le llamo y le digo Oiga Ud. el de los calcetines, que le parece si le doy algo por todos los calcetines que le quedan.
El parado de los calcetines, se marchó con cara de ganador, sin calcetines y mi iPhone en el bolsillo.
¡Benditas Fiestas!